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Rosa
Pantopón nació antes de saberse a sí mismo
como grupo, en el contenedor de un viejo camión de basura.
Víctor
Velasco, con algo interesante en la cabeza que contar, encontró
un cansado multipistas Panasonic de algún pirado, alguno
de esos que quizá se dedicara a grabar música.
Se procuró un guitarrista, Miguel B. Errazu, que ya sabía
lo que era un rock. Comentaron el experimento a Eduardo Torres
que aún desconocía el re menor en primera posición.
Por aquella época las calles eran Velvet Underground y
los bares eran Malasaña. La música era un conjunto
indeformable, estructurado y con un sentido único, en
las canciones escuchábamos lo que ellas querían
que oyéramos: la maldita guitarra se dejaba oír
únicamente en los solos, la voz era inmodulable, la batería
era lo que tenía que ser y cosas así.

Los tres chicos del mismo barrio cerca de la Conce, quedaban
en la boardilla de Miguel para hacer versiones de la Velvet,
juez del bien y del mal por entonces. Tiempo después la
música decidió que Miguel y Víctor conocieran
a Daniel Zanu (en el Dr. Music), batería autodidacta
con muchas ganas de tocar. La cosa andaba entre la Velvet, Patti
Smith, David Bowie... Con las locuras de cada uno nos vimos tocando
en unos locales gratuitos que habían habilitado en la
línea seis de metro, en Usera. La precariedad de amplificadores,
micros y baterías no bastó para hacernos desistir
de nuestra empresa: tocar.
Eduardo
contaba con un ampli de veinticinco vatios y una Samick que,
junto con un cable y unas púas horribles, conformaban
el pack que le regalo su padre por cuarenta mil pesetas en El
Corte Inglés. Víctor no sabía si cantar
con micro o sin él porque a efectos, en el local daba
más o menos lo mismo. Miguel
sí disponía de un equipo decente, una Gibson, un
Marshall de ochenta y púas más adecuadas, desde
luego. Dani tocaba con la batera que le compró a un colega,
Óscar Domínguez, actual percusionista de Dusminguet
y ex militante en Color Humano, bastante tiempo atrás.
Victor,
Charly (primer fan del grupo),
Miguel
(escondido detrás) y otro colega en el primer Dr. Music
(Lou Reed, Iggy Pop,
Patti
Smith, David Bowie).
Lo nuestro era tirarnos veinticinco minutos tocando cualquier
cosa, aunque tuviera tres acordes. Tiempo después se nos
pasaría por la cabeza tocar una canción de un acorde
durante cincuenta minutos en algún garito cutre para ver
lo que pasaba con la gente: ¿se pondría a bailar
el bacalaero con el ritmo contundente de la batería? ¿sonreiría
alguno que fuera de ajo? ¿una niña alzaría
su dedo anular al tiempo que se iría del sitio indignadísima?
¿quién quedaría al final? Bueno, hubiera
sido interesante. De igual modo nunca llegamos a hacerlo. Además
había un fuerte sentimiento maximalista por esas
fechas, concebíamos el tema pensando en performances,
en puestas en escena con nuestra música, mezclando un
poco el teatro, proyecciones de cine, música y danza si
cabra en algún sitio.
Cuando la cosa necesitó algo más de apoyo en lo
que a local se refiere, emigramos a Hangar 19, en Esperanza.
Compartimos local con Lua, la hija de Miguel Ríos y con
el grupo Barataria, gente que tenía un equipo en condiciones.
Gracias a eso grabamos alguna cosa interesante que potenció
el hambre de música y la sed de grupo. Como por ejemplo,
nuestra mejor grabación El espantoso aspecto de
una gota de poesía vista por el microscopio, en
el ahora viejo multipistas Fostex. Conocimos a los Wild Rana
y a la Bacanal, compañeros en locales próximos.
El nombre del grupo fue entrando poco a poco, primero con desconcierto
y luego con mucho más sentido. Se trataba de un personaje
de la novela de William S. Borroughs, El Almuerzo Desnudo. Como
Rosa Pantopón tocamos por primera vez en el Grial. Vino
gente de la Escuela de Arte Dramático (RESAD), donde estudiaba
Víctor, otros músicos y bastantes amiguetes. Tocamos
con Álvaro, que hizo las funciones de bajista.
Ya por entonces habíamos adoptado algún para salir
y para reafirmar un poco el asunto grupal. Uno de ellos, el más
notable, fue el Toto, con Pedro Pablo a la cabeza. Ahora que
está cerrado uno recuerda las noches de cerveza y futbolines
hasta la mañana siguiente, además de otras perversiones
a puerta cerrada, claro. Otra sitio significativo y desde luego
con más sentido musical fue el Sister Ray, sin salir del
barrio de siempre, Malasaña. Allí está el
loco de Santi, con su fresco en el fondo del garito de Iggy Pop,
alguien que también nos atrae.
Otro lugar ha sido y sigue siendo el Templo del Gato, local de
culto al rock, surf y al underground. Y bueno, todos esos sitios
donde te puedes encontrar al subir una escalera, al bajarla o
al retirar una cortina de terciopelo rojo, con excelente jazz
como el Café Berlín los domingos por la noche,
el Café Central a pesar de los suplementos por cada copa,
el Cosaco los miércoles por la noche... en fin.
Álvaro no podía tocar con nosotros generalmente
por su curro. Recuerdo un día que a los de Allaboratorio
les gustó el concierto que dimos allí un jueves
por la noche y nos pidieron que tocásemos el día
siguiente también. Aceptamos. El viernes nos confiamos
y nos tomamos dos copas de más. Dani fue el único
que se mantuvo firme. Pues bien, si al estruendo de la actuación
que dimos le sumamos que Álvaro, el bajista, llegó
en la mitad de la última canción, podemos hacernos
una vaga idea de lo que fue aquello.
Entraron PJ Harvey
y Tom Waits por la puerta grande en el grupo, cada uno por su
lado. Charles Bukowski, William Blake, Kerouack, Cortázar,
Henry Miller, Borroughs seguían estando por ahí
detrás. Después de saber que Álvaro se piraba
de la formación, pusimos carteles para encontrar un nuevo
bajista. Apareció una mujer, Melina Grinberg, con mucha
ilusión por aprender y por tocar.
En
el verano
del 97 fuimos
a Cedena, un local que tiene Dani. Allí hablamos de la
vida, trabajamos la tierra, bebimos anís, escuchamos a
Laurie Anderson, Lou Reed, The Beatles, Tom Waits, Zap Mama,
Joe Pass, Nick Cave, PJ Harvey, M iles
Davis, Grieg, de to do
y de lo más variado. Contamos chistes y compusimos bastantes
temas. Tocar, tocar y tocar.

La verdad es que
cambió bastante la cosa cuando nos largamos del local
de ensayo. Del Hangar 19 nos fuimos al palacio del Ritmo &
Compás, un local abierto toda la noche, que tiene una
gran sala de conciertos con un par de barras y que también
es, en efecto, muy caro. Desde el local ochenta y uno, antes
del segundo mes de estancia, Víctor y Miguel decidieron
dejar el grupo. Quedamos pues Melina, Dani y Eduardo. Se fue
forzando la máquina hasta llegar a un verdadero bypass
en el grupo. Se echaba por tierra esas sesiones de música,
alcoholes y risas de verano.
Algo aturdidos
por el abismo en el que nos encontrábamos, el grupo siguió
con Daniel y con Eduardo tocando juntos en el local. Se buscó
nuevamente a gente dispuesta a concebir la música como
lo hacíamos nosotros poniendo carteles por
aquí y por allí. Y nos mudamos al local setenta
y cinco.
Después de algunos conciertos con la nueva formación
que se consigui ó
reunir y que consistía en una cantante, María Gil,
un violinista David y un bajista, Manuel, la historia acabó
rescatando a este último, Mané Arija. Cambio de
local ¿definitivo? al 82. En
la voz, cayó del cielo Vanesa Losada con mucha energía.
El mestizaje de gustos fue a desembocar en este
nuevo Rosa Pantopón, ciertamente más potente y
personal que cualquier formación anterior. Así
los cuatro hemos acabamos siendo Daniel Zanu a la
batería, Manuel Mané Arija al bajo,
Vanesa Vane Losada con la voz y Eduardo Luca
Torres en la guitarra.
Hemos visto cómo algunos de nuestros colegas de profesión han caído por la
incomunicación o por simple incompatibilidad de caracteres.
También vemos a tremendos coetáneos abrirse paso
y sonar con más claridad (Malahierba, ahora Espantacuervos)
y, por supuesto, con más tablas. Nuestros temas pretenden
tener un fuerte carácter en lo que
a ambiente se refiere. El concepto y su entorno es lo importante
en nuestra música. Hemos descubierto gratamente que se
puede sacrificar el sonido de la ancestral y reinona guitarra
por el de un plato fabricado por nosotros mismos en un cinco
por cuatro con la voz distorsionada contando la historia de mujeres
borrachas o haciendo un seguimiento del subidón de alguna
droga. Algo que así pueda no parecer nuevo, se desata
en unas formas y sobre todo en una actitud ciertamente vanguardista.
Pero como siempre es mucho mejor escucharlo y prestar atención
a esta inteligente suma de elementos y de ritmos que suenen en
algún lugar qu e
no que te lo cuenten. Desde nuestro punto de vista del blues
nació la música pero el son cubano de Eliades Ochoa
es rock. Y una trompeta gitana en cualquier secuencia de Emir
Kusturica es jazz. Y el cabaret alemán con la letra de
Bertolt Brecht es un fado. Y Ravi Shankar está tocando
un palo flamenco. Y Tom Waits hace surf con el sonido que produce
una tetera. Y el funky es una polka. Así es la vida.
¡Mucha
mierda a todos!
Eduardo
Torres. Rosa Pantopón. 2000 |