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Documentalista Enredado: No al canon de las bibliotecas
ZANU, Noviembre 2004
(...) La
Verdad Digital de Albacete
OPINIÓN
ENÉRGICAS DUDAS
La
guerra civil del libro
JAVIER
MARÍN CEBALLOS/
Qué fue antes: el autor o la obra? A simple vista parece
una pregunta
tan tonta como la del huevo y la gallina, pero sin nos fijamos
un poco más veremos que no sólo es tonta, es necia,
es decir, ignorante de lo que podría o debería
saberse con certeza, ignorancia que casi siempre produce daños
difíciles de reparar.
¿El
autor? ¿No es ese extraño personaje subempleado
que dedica todo su tiempo libre a escribir, que tarda años
en terminar una obra y que, además de que se la publiquen
(generosamente), pretende, a lo loco, obtener algún rendimiento
económico por su trabajo?
¿O
será más bien ese extraño sujeto que algunas
editoriales no tienen más remedio que tratar en dos ocasiones:
cuando trae un manuscrito entre las manos y cuando se presenta
el libro? Después ya nada, que los derechos de autor son
cosas de Europa del norte. El que escribe es por que le gusta
y bastante tiene con que se le publique (menudo gasto) y que
salga su nombre en las cubiertas de los libros o al final de
los artículos.
Un
autor sólo puede vivir de su trabajo cuando se reconoce
su derecho a ceder la explotación de sus obras a la industria
editorial a cambio de un pequeño porcentaje de las ventas.
Qué sencillo es y qué trabajo cuesta que se entienda.
Es como si en lugar de ser propietario intelectual de una obra
literaria eres propietario inmobiliario de un piso. Lo cedes
a una agencia inmobiliaria para que lo alquile. Suponga usted
entonces que le digan que bastante tiene con tener el piso habitado,
o que, por interés cultural, muchos de los meses no le
paguen.
Además,
lo obliga la Ley, aunque es precisamente el sector público
quién más incumple sus obligaciones con respecto
a la propiedad intelectual.
No sólo se prescinde lisa y llanamente del pago de derechos,
sino que, en concreto, las bibliotecas públicas incumplen
descaradamente las directivas de la Comunidad Europea, y, los
bibliotecarios se permiten incluso, recabar firmas para evitar
por todos los medios que los autores puedan obtener algún
tipo de ingreso por el préstamo de sus obras.
Efectivamente,
en estos momentos en España hay una sorda guerra civil
del libro. El Estado se niega a aplicar la Directiva 92/100/CEE
que desde 1992 impone a los Estados miembros la obligación
de establecer la remuneración de los autores en caso de
préstamo público de sus obras literarias.
A
partir de ese momento, todos los Estados europeos quedaron obligados
a introducir en sus legislaciones y a poner en práctica
el derecho de préstamo dentro de ese marco armonizado
en la Directiva. España está a punto de ser multada
por incumplimiento reiterado de dicha norma (antes pagar la multa
que pagarle a los autores).
La
Federación de Sociedades Europeas de Escritores (EWC),
insta
vehementemente a los países que todavía no hacen
efectivo este derecho (la alusión a España es constante)
para que lo establezcan.
El
V Congreso de Editores Españoles celebrado este mes de
mayo en
Santiago de Compostela, manifiesta «su preocupación
por la adecuada protección de los derechos de los autores»,
y «su respeto a la legislación europea sobre Propiedad
Intelectual y, entre otros aspectos, sobre el derecho de préstamo
bibliotecario».
Las
fórmulas de recaudación son varias: países
como Dinamarca, Canadá o Australia se basan en el recuento
de los libros existentes en las bibliotecas. En Alemania, Holanda
o el Reino Unido, se recauda conforme al dato objetivo de los
préstamos reales de las obras. La nueva Ley francesa de
2003, establece un sistema mixto.
Mientras
tanto, en España, algunas asociaciones de bibliotecarios
indignados, reúnen firmas para evitar ese nuevo gasto
de pagarles a los autores (¿que por nadie pase!) por el
préstamo de sus libros,
aduciendo «dificultades contables y administrativas»
y advirtiendo que
tendrían que cargar ese extraño pago (al extraño
autor) a los usuarios
de las bibliotecas. Sin embargo no hablan de cargarles el aire
acondicionado, ni la calefacción, ni el teléfono,
ni el guardia jurado, ni el mantenimiento del ascensor...
Es
decir, todos cobran: bibliotecarios, administrativos, libreros,
editores, ordenanzas, guardias, distribuidores, electricistas,
documentalistas, archiveros, limpiacristales, informáticos,
encuadernadores, directores, subdirectores, políticos,
limpiadores...
Pero el autor, es un escándalo que reclame alguna remuneración,
por
minúscula
que sea. Par a este sector, el autor, el
creador de la obra, el que sacó
de la nada cada una de las palabras y de las ideas que contiene
el libro,
el que invirtió tiempo, trabajo y talento en producir
la obra que ellos
catalogan y prestan, es tan ajeno al libro que tenerlo mínimamente
en
cuenta distorsiona profundamente su tarea. ¿Qué
fue antes: el autor o
el bibliotecario? La guerra está servida. |