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¡Qué
pedazo de concierto! El grupo al completo fuimos a ver al Sr.
Reed. Cuando entramos en la Riviera, ya estaba sonando la banda,
con la contundencia habitual.
Lou Reed- Voz y guitarra
Mike Rathke- guitarra
Fernando Saunders- bajo
Tony Thunder Smith- batería
Desde que Lou se juntó con Saunders, cada disco va a mejor.
Después de algunos pinchazos en los ochenta, ahora nos
deleita con cada nueva aparición. Lou presentó
su último discazo, y ofreció varias joyas de su
amplísimo repertorio. Por poner un ejemplillo, there
is no time.
Acabó el concierto con vicious y sweet jane
y nos dejó con ganas de más. Eso sí, le
esperamos a la salida y pudimos comprobar que efectivamente,
tiene más años que matusalén y está
muy trabajado...
Por si cuela, le conseguimos dar un par de maquetas de rosa
pantopón.
Zanu,
2000
EL
MUNDO Jueves, 13 de abril de 2000
[Rock]
LOU REED
La grandeza de la sobriedad
FERRAN
RIERA
Formación: Lou Reed (voz y guitarra), Mike Rathke (guitarra),
Fernando Saunders (bajo) y Tony Thunder Smith (batería)./
Lugar: Sala Zeleste (Barcelona)./ Fecha: 12 de abril.
(***)
BARCELONA.-
Lou Reed va en serio, muy en serio. Tan serio que en Zeleste
había un montón de gente que exteriorizaba sus
quejas, ya fuera porque sonaba flojo, porque alargaba demasiado
los temas o porque prácticamente no tocó sus composiciones
clásicas.
(...)
Un sonido áspero, sordo, perfectamente ecualizado presidió
con solemnidad y con austeridad en engranaje de un concierto
no apto para fans de estar por casa, sino dirigido a aquellos
que entienden y comprenden a un Lou Reed que se ha erigido en
un artista clásico, en un creador con un estilo propio,
inconfundible, en el que ahora está profundizando más
que nunca.
De hecho, Ecstasy, su último disco, representa un trabajo
de «excavación» en lo más recóndito
de la personalidad, del repertorio que ha construido a lo largo
de 35 años.
Y en esta gira, Reed se ha propuesto mostrar esa cara, más
bien instrospectiva, que nada tiene que ver con sus jaleos de
antaño. Por eso, la mayoría de las composiciones
que interpreta, incluyendo las de su reciente producción,
se alejan del tópico, de la canción concebida como
single, para erigirse como obras de arte diseñadas lentamente,
presentadas austeramente y resueltas estupendamente. Aunque cuesten
de ser digeridas, que lo cuestan.
La sobriedad instrumental y escénica que exhibe Reed,
no obstante, cuenta con una tecnología de lo más
puntero. Aparte de la alfombra sobre la que se asientan él
y su grupo, hay que destacar la presencia de un telepronter situado
enfrente suyo, donde se proyectan las letras de las canciones
-igual que en los telediarios o en los mítines- y también
el inmenso pedalamen para las guitarras que tiene a sus pies,
equiparable a toda una mesa de sonido de infinitos canales.
Mención aparte merece el taller que se monta, en un lateral
del escenario, el técnico en guitarras. Sin él,
nada sería igual.
A veces Reed sonó como la Velvet Underground; en otras
ocasiones rememoró la dureza de un disco como Metal Machine
Music. Fue sensible y contundente, alternando los temas de medio
tiempo con las descargas eléctricas de las guitarras,
cuyos crescendos imparables fueron los más ovacionados
de la noche.
Pero en el fondo, Reed no estaba para muchas alegrías.
Aquello era algo más que un concierto: era una puesta
de largo, o, si se quiere, la lectura de una tesis doctoral sobre
el rock and roll y sobre la poesía urbana.
Fueron dos intensas horas y cuarto de concierto en las que las
guitarras de Lou Reed y Mike Rathke brillaron con tonos mate,
que ya es contradictorio, mientras el veteranísimo Fernando
Saunders deleitaba, a quien se dejara, con su contrabajo eléctrico
tocado con arco, y Tony Thunder Smith demostraba que siguen existiendo
nuevos conceptos para la batería. Al final, en los bises,
por fin, cayeron dos estándars de la casa, Vicious y Sweet
Jane, pero vista la cosa en conjunto la verdad es que casi fueron
lo de menos de la actuación, como un guiño para
nostálgicos.
Con Ecstasy o sin él, Lou Reed volvió a marcar
la diferencia en Barcelona. Hace un año y medio, su multitudinario
concierto acústico en la Plaza de la Catedral resultó
ser un fiasco para la mayoría de los espectadores, aunque
quienes pudieron escucharlo bien no lo olvidarán nunca.
Anoche, en Zeleste ocurrió todo lo contrario: el sonido
fue excelente, pero el contenido del concierto no fue demasiado
celebrado.
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